CAFE CON...VERANO. CUANDO LOS NIÑOS HACEN LAS COSAS POR SÍ MISMOS


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Cuando los niños hacen las cosas por sí mismos
 
Puede resultar paradójico, pero es verdad: cuanto más hacemos por los hijos más dependientes e irresponsables se vuelven. Se llega a esta situación porque los adultos queremos que los hijos disfruten de las ventajas de la infancia lo que se traduce en mucho juego y pocas responsabilidades. Actuamos así porque pensamos que los hijos ya tendrán tiempo de sufrir las consecuencias de las obligaciones y de la toma de decisiones sobre todo de cuando se cometen errores y vemos sus consecuencias.
    Se suele pensar que las cosas son más fáciles si las hacemos nosotros mismos. De esta forma, los adultos asumen responsabilidades que no les competen y que deben asumir los demás. Este comportamiento tiene su raíz en un sentimiento de culpa: porque son perfeccionistas; porque intentan contentar a un adulto con el que ya no viven; porque sufren si ven que los de su alrededor no son felices... Esta forma de pensar la aplican los que creen que nunca hacen lo suficiente por sus hijos y como consecuencia se esclavizan: '¡Todo lo hago por mis hijos!'; 'No tengo nada de tiempo'... La base de todo es pensar que hacer cosas por los demás es ayudarles y los niños de hoy día en lugar de aprender lo que pretenden los padres llegan a la conclusión de que los demás están para ayudarme y facilitarme el camino (como vemos se consigue el efecto contrario al que se desea).
     Hoy día está desapareciendo el principio de ayudar. Este hecho se basa en la premisa de que no es necesario ayudar a quien puede hacerlo por sí mismo sin ayuda. Pero se sigue ayudando en exceso en las familias. Los padres de hoy día son excesivamente serviciales: quizá por el tiempo con que cuentan, por los medios que hay a su disposición, por conseguir que los hijos alcancen unas metas más ambiciosas que los mismos padres…
    La cuestión está en que los padres que así actúan arrebatan el poder a sus hijos cuando estos pueden hacer las cosas por sí mismos. La clave está en que la ayuda hay que ofrecerla cuando es solicitada y dirigirla para que el niño utilice sus propios recursos en la resolución de un problema. Los padres que necesitan 'ayudar' a sus hijos continuamente les privan de la posibilidad de desarrollar sus propias capacidades. Es tan malo pasarse como no llegar.
Ayudar demasiado a los hijos les resta poder
    Es importante que los niños piensen que pueden controlar su propia vida. Es una condición fundamental para que una persona pueda tomar decisiones, sienta la necesidad de decidir ante cualquier situación y además, adoptar responsabilidades, desarrollar las propias habilidades personales o actuar con confianza en un mundo cada vez más competitivo.
    El conocimiento diario se adquiere con los ensayos y errores. Durante el proceso de aprendizaje, los niños cometen muchos errores que son propios del mismo proceso y así lo debemos contemplar los adultos. De cualquier forma siempre es mejor aprender de las propias experiencias. Este es el motivo por el que si los padres facilitan todo y hacen todo por los chicos, no ayudan en absoluto. Los niños aprenden mucho realizando tareas cotidianas desde el orden de la habitación, hasta las tareas propias de higiene, alimentación... Resultan tareas al principio complejas para ellos pero con el tiempo y con el hacer continuo se terminan dominando y automatizando que es lo que hacemos los adultos. En todo este proceso de aprendizaje se cometen muchos errores que en la mayoría de las ocasiones inquietan y molestan a los adultos porque producen suciedad, porque nos hacen perder tiempo, porque pensamos que si lo hacemos nosotros quedará mejor… La conclusión es que cuando los padres hacen todas estas tareas e impiden que los hijos las hagan están retrasando el desarrollo de sus capacidades y disminuyen su confianza en sí mismos.
Los hijos se deben entrenar en la solución de problemas
    Llama la atención, cuando les observamos, comprobar que los hijos poseen muchos recursos en la búsqueda de soluciones para la resolución de problemas. Suelen ser prácticos y solucionan los problemas pensando en el aquí y ahora y no se lo plantean para un largo periodo de tiempo. Las soluciones suelen ser concretas e inmediatas. No buscan la solución correcta sino la que por el momento les sirve y les resuelve el problema que tenían. En caso de que el adulto intervenga y les advierta que la solución encontrada no es la correcta, los hijos dudan de su propia capacidad para la solución de problemas, sienten inseguridad, evitan la situación que ocasiona ese o esos problemas y si no lo pueden evitar se bloquean y piden ayuda o en el peor de los casos, la exigen a través de mensajes reiterativos hasta conseguirla lo que impide su correcto desarrollo, autonomía y seguridad.
    Los niños a gusto consigo mismos no pedirán ayuda y alcanzan cotas de autosatisfacción con lo que hacen muy altas. Los niveles de exigencia son realistas. Los adultos deben ser pacientes porque los niños alcanzarán los niveles deseados más despacio de lo que fuera de desear pero el resultado final es más satisfactorio.

Cuándo debemos ayudar
    Ante la petición de ayuda por parte del niño hay que preguntarles qué les gustaría que hiciéramos. Los niños que han pedido ayuda en otras ocasiones sabrán contestar convenientemente mientras que los que han recibido ayuda en exceso tendrán problemas para responder. Es bueno que los niños aprendan pronto que no siempre pueden obtener la ayuda que desean cuando la desean. Los adultos debemos ser selectivos y no acudir siempre a ofrecer o responder a la petición de ayuda.
    Pero qué ocurre cuando un niño intenta resolver una situación demasiado complicada para él. Ante esta situación podrán pensar que el problema no es demasiado importante como para invertir tantos esfuerzos o bien manifestarán frustración. Si se abandona el intento de resolución del problema, debemos vigilar que no se saca la conclusión de que es muestra de incapacidad. Si, por el contrario, el niño manifiesta frustración, hay que preguntarle si desea ayuda. Cuando aparece la frustración, la mayoría de los padres intervendrá para resolver el problema y ayudar al niño. Los buenos padres dan oportunidades a sus hijos par que aprendan a pedir ayuda y a controlar su capacidad para soportar la frustración.
    Los niños desconfían de su capacidad cuando observan que sus padres dudan de sus aptitudes. Se pueden dar dos situaciones claras que se identifican a través de realidades cotidianas en el medio familiar. Por un lado están los padres que creen que sus hijos son incompetentes y lo manifiestan de una forma más o menos sutil. Y por el contrario, están los padres que demuestran una conducta distinta. Veamos las realidades a que dan lugar cada una de estas conductas:
   Los padres que creen que sus hijos son incompetentes hacen cosas que demuestran este sentimiento:
No piden a sus hijos que hagan cosas que puedan ampliar sus capacidades.

Cuando los niños intentan cosas nuevas y fallan, no se les concede tiempo para corregirlas o solucionarlas sin ayuda.

Los padres ofrecen su ayuda antes de que se la pidan sus hijos.

Los padres no se toman la molestia de enseñar a sus hijos nuevos y más complejos conocimientos. Presuponen que será inútil intentar enseñarles.

Los padres se vuelven excesivamente protectores cuando advierten pruebas de incompetencia (niños que actúan según sus expectativas) y desarrollan una visión apocalíptica del futuro de sus hijos, creyendo que nunca serán capaces de arreglárselas por sí mismos.
   Los padres que creen que sus hijos son incompetentes hacen cosas que demuestran este sentimiento:
No vigilan a sus hijos esperando que le salga algo mal. Cuando éstos cometen errores o fracasan en alguna empresa, se interesan más por lo que han podido aprender que por corregirles. Pueden ver esforzarse a sus hijos sin sentir la necesidad de intervenir.

No temen al futuro, así que no comunican ansiedad.

Piden a sus hijos que hagan cosas difíciles pero posibles en su fase concreta de desarrollo físico y personal.
Debemos pactar con los hijos
    A todos nos gustan las personas que incluyen en su registro de conducta la devolución de favores, el cumplimiento de promesas y acuerdos y, en definitiva, son justos y equitativos. Los niños aprenderán este código de conductas cuando tienen buenos ejemplos, buenos modelos en los adultos que los educan. Los buenos padres tienen estos registros de conducta y consiguen pactos con sus hijos para enseñarles a comportarse de forma adecuada.
    ¿Cuándo vivimos situaciones donde es más necesario el pacto? Las ocasiones se centran en elementos como las faenas de la casa, las tareas del colegio, la eliminación de las normas o relevar a sus hijos de tareas pesadas... Conseguimos un buen pacto cuando convertimos una tarea en algo que no parece a un trabajo. Pero cuidado, hacerse favores mutuos puede tener un efecto negativo, porque se pueden acumular resentimientos sobre favores no cumplidos y utilizarlos, con el tiempo, como arma para manipular.
    No es necesario estar haciendo siempre pactos cuando hacemos algo por los hijos porque convertiríamos la relación paterno-filial en un negocio. Es mejor hacer tratos cuando el equilibrio de favores está descompensado.
   Algunos consejos prácticos para conseguir pactos adecuados:
Espere algo a cambio que necesite realmente o que le sería de gran ayuda, no algo que a su hijo le gusta de todos modos. Aceptar cualquier cosa que quiera hacer el niño crea sensación de impotencia en el padre.

Evite los pactos a posteriori. 'Ayer hice esto por ti, ahora deberías hacer algo por mí'. Esto hace que el niño se sienta culpable; no es un buen trato. Se trata de chantaje.

Obligue al niño a cumplir su parte del trato pronto y rápidamente. Los acuerdos contractuales a largo plazo se olvidan o se modifican. Los niños creerán que se han librado de cumplir su parte del trato y los padres tendrán la impresión de haber sido estafados.
Cuando el niño hace algo por el padre sin intentar llegar a un trato (a veces ocurre), hay que devolver el favor cuanto antes.

Hay que recordar a los niños los pactos a los que se han comprometido sin castigarles por no haber cumplido su parte. La consecuencia será la negativa del padre a hacer otro pacto en un breve espacio de tiempo. Limite su buena disposición a hacer favores a un niño que no los devuelve
 

 

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Preocupados por nuestros hijos

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