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INFORME DEL DEFENSOR DEL MENOR
 
http://www.defensordelmenor.org/upload/documentacion/interes/DEFENSOR_MENOR_-_Que_menores_ven_los_menores_en_Television__2_.pdf
 
Resumen ejecutivo
Los medios de comunicación se caracterizan por construir perfiles de identidad que,
a su vez, provocan en las audiencias objetivo respuestas de identificación, proyección
o rechazo en relación a los grupos sociales representados. Obviamente, los
receptores del mensaje no desempeñan un papel puramente pasivo, y en función de
su experiencia, conocimientos y actitudes reelaboran y resignifican esas propuestas
de estereotipo que llegan a través de los medios.
En todo caso, es importante conocer lo que podríamos denominar las “propuestas
mediáticas de sentido”, puesto que en nuestra sociedad las visiones del entorno, de
los demás y de nosotros mismos no pueden explicarse sin tener en cuenta la
influencia de los medios de comunicación. Una influencia que será tanto mayor
cuanto menor sea la experiencia directa y la madurez interpretativa del receptor y
mayor sea, por tanto, su experiencia vicaria a través de la prensa, la radio, la
televisión u otros canales o sistemas de comunicación.
El análisis de un amplio repertorio de productos televisivos con presencia de menores
(infancia y adolescencia) y potencialmente visionado por éstos, pone de relieve
determinadas recurrencias sobre qué menores ven los menores en ese medio. O,
dicho de otro modo cuáles son los estereotipos de la infancia y la adolescencia que
mayoritariamente ofrece la programación televisiva.
En términos generales, puede afirmarse lo siguiente:
En el caso de la infancia, la imagen que ofrecen los medios puede acercarse
más al realismo o a la fantasía, pero suele caracterizarse por una visión
excesivamente autónoma, introvertida en la que los menores se relacionan
sólo con menores y en la que adolescentes y adultos no tienen cabida sino
como agentes amenazantes de su mundo arcádico.
En la programación no estrictamente infantil, el menor es en muchos casos
una figura puramente retórica, una mera coartada para ofrecer a los adultos
una cierta visión de la sociedad desde una mirada pretendidamente ingenua.
Se trata del menor como mascota de fábula, como narrador omnisciente, e
incluso como “buen salvaje”. Hay series y programas emitidos en horario de
protección legal, y por supuesto fuera de dicho horario, que inciden en esa
visión adulta de los menores, poniendo a éstos en contacto con temas (y
abordamiento de temas) claramente perjudiciales para su desarrollo, sin que
se tengan en cuenta las consecuencias que esa imagen (en muchos casos
enormemente descarnada y sarcástica) puede tener en la formación de los
más pequeños.
En el caso de la representación de los adolescentes, las series y espacios
televisivos ofrecen un perfil de éstos bastante convencional en cuanto a los
roles de género y en cuanto a las claves románticas de las relaciones, lo que
contrasta con una estética y un lenguaje trasgresores, en busca del reflejo de
las tendencias más actuales (claves de pertenencia, grupos tribales
reconocibles, etc.).
Hay también una visión mayoritariamente progresista en el abordamiento
ideológico de los problemas sociales integrados en las tramas (discriminación,
medioambiente, homosexualidad, pacifismo, altruismo), que se hace
compatible con una defensa del individualismo a ultranza en lo cotidiano
(tensión entre la autenticidad personal y la presión de los amigos o del grupo,
búsqueda de la “propia vía” para evolucionar, etc.).
Destaca asimismo una visión claramente normalizadora en el tratamiento de
aspectos como las relaciones sexuales o el consumo de drogas, especialmente
de bebidas alcohólicas. Ello se convierte en un rasgo imprescindible de las
relaciones entre iguales, aunque se han encontrado muy pocas referencias a
las consecuencias que pueden derivarse de tales prácticas.
Se observa en general, tanto en la programación infantil como en la juvenil,
un cuestionamiento de las figuras paternas y de los adultos cuando éstos
aparecen; especialmente de las figuras masculinas. Muchos padres
representados son inmaduros, egoístas, ignorantes. Esa deslegitimación de la
autoridad hace que los límites impuestos por los adultos no se presenten
como normas fundamentadas, sino a reglas más o menos arbitrarias que
pueden y deben transgredirse. En el caso de los niños, el miedo, la visión
amenazante del mundo adolescente y adulto, supone un freno para esa
trasgresión. Pero no ocurre así con los adolescentes, cuya imagen construida
se caracteriza por el narcisismo y la omnipotencia: la deslegitimación de los
adultos conduce en buena medida a cuestionar la posibilidad de evolución y
maduración (los adultos como “adolescentes añosos”) y explica porqué la
norma de relación de los adolescentes con ellos es horizontal, no jerárquica,
promiscua incluso en el terreno sexual.
En la programación para menores la violencia se sanciona negativamente
desde el punto de vista ideológico, pero en los relatos es omnipresente y
tratada de un modo atractivo, sin recoger ni mostrar sus consecuencias
negativas. Ello es especialmente claro en las series de animación infantiles, en
las que el tratamiento humorístico de la violencia no sólo banaliza ese
tratamiento, sino que además se aborda desde el punto de vista del agresor
(que se identifica con el menor) y sin empatía hacia la víctima.
De todo lo anterior cabe deducir que la imagen que los menores reciben de sí
mismos a través de los relatos televisivos está claramente condicionada por los
intereses el mercado audiovisual, y no se inscribe generalmente en modelos
pedagógicos ni se compadece con los estadios de la evolución psicológica en los
diferentes segmentos de edad. Claro ejemplo de ello es la variedad de targets
entremezclados a los que se dirigen la mayoría de los canales temáticos
supuestamente infantiles.
Tampoco suele proveerse a los menores, de habilidades para la recepción de
contenidos audiovisuales. No se observa la asunción, por parte de los operadores
televisivos, de los principios de la alfabetización mediática y uso y consumo crítico de
los medios. Ello hace difícil dejar de situarse ante los medios de una posición
puramente defensiva o reactiva (la protección del menor ante contenidos
inadecuados) para pasar a una posición proactiva (la utilización adecuada de los
medios y de los beneficios que pueden aportar).
Los poderes públicos tienen, en este sentido, la obligación de hacer viable la
generación de ofertas audiovisuales de calidad y valor pedagógico dirigidas a los
menores, variadas en cuanto a géneros y contenidos, atractivas para sus receptores
potenciales y positivas desde el punto de vista axiológico. Es preciso crear sinergias
para potenciar esa oferta, con apoyos a la industria audiovisual, programas que
faciliten el intercambio geográfico de productos, etc. Y es precisa también una
estrategia política, desde las instituciones y desde la sociedad civil, que asegure el
acceso universal de los menores, especialmente de la infancia, a contenidos
audiovisuales de calidad y con valores positivos independientemente de su zona de
residencia o capacidad adquisitiva familiar.
Todo ello, claro es, con el fin de aprovechar las indudables ventajas que los medios
de comunicación y las nuevas tecnologías ofrecen para la información, formación y
entretenimiento de los menores (funciones que se dan de una forma simultánea y no
sucesiva) minimizando al máximo los posibles efectos negativos.

 

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